|
|
|
 |
|
|
página
[1]
[2]
[3]
[4]
[5]
[6]
[7]
[8]
[9]
[10]
[11]
Buenos Aires Art Nouveau
Un libro para el Nouveau porteño
Buenos Aires Art Nouveau de Ediciones Verstraeten fue
producido por Mimi Böhm con texto de Fabio Grementieri y fotografía
de Xavier Verstraeten.
Uno de tantos déficit de este país es
el de libros que cataloguen, describan y piensen nuestra historia patrimonial.
Se elabora poco y de eso llega a publicarse apenas una fracción,
por lo que ideas, colecciones y sistemas quedan dispersos, inconexos. Para
salvar la ropa, hay patriadas como la de este libro producido por Mimi Böhm
para subrayar el Art Nouveau versión local, con texto de Fabio Grementieri
y fotos de Xavier Verstraeten, una muy buena combinación ya testeada.
El resultado es sólido, coherente y útil, un libro de lujo
material que pasa por mucho el coffee table book al poner en contexto la
aventura del Jugenstil.
Para medirle el rigor a Buenos Aires Art Nouveau hay
que arrancar por el índice, mapa de despliegue del análisis.
Hay una introducción sobre el universo y origen de esa corriente,
un capítulo sobre su influencia en las artes y otro sobre sus maestros
en esta ciudad. Le sigue un cuarto que elige nueve obras monumentales y
uno final que lo rastrea en sus aplicaciones materiales en cada oficio constructivo.
En medio de un bosque de imágenes de aquí
y de Europa, Grementieri coloca al Art Nouveau como heredero de las corrientes
románticas antiindustrialistas de fines del siglo XIX –el Arts
and Crafts, el Ruskin carpintero con sus Lámparas arquitectónicas–
por su rechazo a lo adocenado y su abrazo a lo individual, lúdico,
personal. También le marca su paradoja fatal, la de querer ser una
vuelta a lo manual y personal al mismo tiempo que se es el primer “ismo”
abarcador. Es decir, querer rehuir la repetición industrial en nombre
de lo variado y singular, queriendo rediseñar el planeta entero y
ser la única escuela posible.
El Art Nouveau puso en escena el erotismo de las formas
y el desnudo ornamental, abandonando la discreción victoriana y planteando
una ruptura. Como señala Grementieri, la ironía es que por
aquí no había nada que romper y el nuevo estilo fue aceptado
sin vueltas como uno más de la paleta disponible. La primera parte
del libro abunda en ilustraciones de todo tipo, comerciales e institucionales,
con las fluidas curvas Nouveau, con pechitos, haditas caderudas y mujeres
tan curvadas como las interminables guirnaldas que las rodeaban. Son programas
del Teatro Colón con chicas desvestidas que se ríen, afiches
de cigarrillos París, vidrios de colores, muebles que parecen haber
vuelto a su estado de árbol curváceo, tapas de partituras
de tangos y hasta los locales de La Martona, con lo que hoy llamaríamos
identidad corporativa filtrada por el Art Nouveau.
El primer capítulo coloca la nueva escuela en
su contexto cultural y comercial, y el segundo se mete de lleno en las artes.
Ahí hay más gráfica, pinturas simbolistas y prerrafaelistas,
esculturas erotizadas como las del monumento español o las de tumbas
recoletanas, y por fin la arquitectura, con una seleccionada primera muestra
de obras. Del entremés se pasa a los maestros: Virginio Colombo,
Francisco Gianotti, Julián Jaime García Núñez
y Mario Palanti. Entre los cuatro muestran que si bien el Art Nouveau argentino
nunca fue tan jugado como en Europa –en particular, por razones oscurísimas,
en Bélgica y Checoslovaquia– alcanzó sobradamente para
dejarnos algunos edificios seminales: el increíble edificio de Irigoyen
2562, la galería Güemes, El Molino, el semidemolido Hospital
Español –alguien pagará con el Purgatorio su destrucción
y reemplazo por un edificio que da risa en su baratura– y el Pasaje
Barolo. Con ese seleccionado sobraría para que el Nouveau ya tuviera
su espacio grabado en nuestra historia, pero aquí comienza la selección
de obras monumentales: el Club Español, el Yacht Club de Le Monnier,
el muy extraño Otto Wulf de Perú y Belgrano, los edificios
de San José y Avenida de Mayo y de Callao y Sarmiento, el Hotel Centenario,
el Hotel Chile y el lírico palacio de Los Lirios.
Verstraeten retrata estos edificios como personas y
luego pasa a los detalles. Las maderas talladas, los vitrales, los hierros
y la piedra tienen sus secciones. Y también dos materiales usados
de un modo particularmente notable por este estilo: la mayólica y
el símil piedra. Poco hace falta decir sobre la gloria de la mayólica
Art Nouveau, coleccionada con pasión, y al que le falte descubrir
las multitudes de máscaras y esculturas en cemento que pueblan la
ciudad sólo necesita caminar mirando un poco para arriba.
El final es una selección de fachadas que van
de lo pintoresco –el castillo de La Boca, sobre Almirante Brown, reputado
de tener fantasma– a lo simbólico –el Casal de Cataluña
y sus motivos heráldicos– pasando por la casita de barrio,
la gran fachada de propiedad horizontal y los hierros de porte industrial.
El Art Nouveau porteño se acaba de ganar una
obra conceptual y hermosa. Ya era hora.
Página 12, Mayo 2005
|
|
|
|